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Bajo el sol de los viñedos. Salta, Argentina.

Un recorrido por Cafayate, en el corazón de los Valles Calchaquíes. Las excursiones, los personajes y el típico vino torrontés.


Bajo el sol de los viñedos. Salta, Argentina.

 
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La donación de aquella piadosa viuda fue el origen de todo. Se cuenta que en los comienzos del siglo XIX la noble y española Doña Josefa Antonia Frías de Aramburu cedió un terreno que poseía en los Valles Calchaquíes para encomendarlo a la Virgen del Rosario.

Había muerto su marido, el terrateniente Ignacio Aramburu, y la mujer entendió que con la entrega de esas parcelas honraba tanto la memoria del difunto como la de la virgen. La donación fue aceptada por el gobernador de Salta, quien fundó en esas tierras un pueblo con una iglesia y una casa para religiosos, tal como lo solicitó la viuda. Corría el año 1826 y así nacía Cafayate, en Salta.

Heredera de aquella historia de épocas coloniales, Cafayate es hoy una de las ciudades más importantes del sudoeste de la provincia y un destino ineludible del Noroeste argentino.

Con poco más de 15 mil habitantes, aquí se puede probar el famoso vino torrontés, un producto emblemático de una zona caracterizada por su industria vitivinícola. En este lugar, tras visitar las catedrales y edificios coloniales que se destacan en el trazado urbano, pueden conocerse los Valles Calchaquíes, la geografía hipnótica sobre la que fuera fundada la ciudad.

La Ruta del Vino

Repleta de viñedos y bodegas, Cafayate es el eje sobre el que gira la Ruta del Vino salteña. Con más de 300 días de sol al año, un clima seco y la gran irrigación que permiten los ríos de la región, este es un sitio privilegiado para la producción vitivinícola, en especial, los productos de alta gama.

A tono con esta realidad, existen en Cafayate decenas de fincas abiertas al turismo que organizan visitas guiadas a las plantas de producción e invitan con degustaciones de las principales variedades de la zona. Por ejemplo, el torrontés, un vino dulce y afrutado, considerado único en el mundo. Cosechado en los valles en condiciones de humedad y temperatura ideales, el torrontés es una uva típica de Argentina que integra las llamadas cepas criollas.

Más allá de las bodegas, la ciudad ofrece también el encanto de la arquitectura colonial. Sus edificios, construidos muchos de ellos en adobe, están desparramados en las cuadras que formaban el casco histórico de Cafayate, especialmente alrededor de la plaza central. Arcadas y galerías caracterizan las construcciones, entre las que se destaca la Catedral de Nuestra Señora del Rosario. Es un templo levantado en 1885, que posee la particularidad de contar con cinco naves interiores, algo que lo distingue como uno de los tres únicos de su tipo que sobreviven en Sudamérica.

Saliendo de la ciudad, siguiendo 10 km hacia el noreste, es posible llegar a la maravillosa Quebrada de las Conchas, un valle cerrado en cuyos rincones se levantan extrañas formaciones rocosas.

El viento, gran tallador

Sus contornos han dado lugar a denominaciones forjadas por la imaginación popular, y fueron bautizados con nombres como “El Sapo”, “Garganta del Diablo”, “El Anfiteatro” o “El Fraile”. Estos lugares son producto del trabajo erosivo de vientos o aguas durante cientos de miles de años.
Como el sendero de un insólito parque de fantasías, el asfalto de la ruta 68 zigzaguea por la quebrada y conecta con las formaciones, casi todas señalizadas con carteles a la orilla del camino.

Esculpido por el viento en rocas rojizas y asemejando fortalezas medievales, el camino lleva hasta “El Castillo”. Más adelante, en una depresión, surge un peñasco alto y solitario al que llaman “el Obelisco”. Más allá, en un recodo carretero, asoma “la Garganta del Diablo”, una pared de 50 metros de altura erosionada por el agua de una catarata ya extinta. Y finalmente, como una herida abierta en la montaña, se llega al “Anfiteatro”, un sitio cavado por siglos de erosiones fluviales que posee una acústica maravillosa. Sin necesidad de amplificadores, los sonidos se transmiten mágicamente en este escenario natural que se utiliza para conciertos.

Después, en el recodo postrero del camino, alejándose definitivamente de Cafayate, la quebrada y el viento tallan sus últimas formas.
El vino, las bodegas, los muros de adobe y hasta una viuda piadosa se deshacen en areniscas rojas, erosionadas por la imaginación de algún nostálgico viajero. El tiempo, el inapelable tiempo, hará el resto.




 

Fuente:
Diario Clarín
www.clarin.com

Imagen:
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