Bajo coste... pero contentos.Pocos conceptos comerciales han calado de forma tan masiva en el vocabulario cotidiano como el de low cost.
Partiendo de una categoría muy determinada - vuelos regulares punto a punto de tarifas bajas - el imaginario popular y la imaginación de marketinianos de diverso pelaje se han encargado de extender la categoría a decenas de productos y servicios que poco o nada tienen que ver con viajar o volar. Tenemos hoteles low cost, bancos low cost, alquiler de coches low cost, inmobiliarias low cost y hasta abogados low cost. Aún así, cuando hablamos de low cost, lo primero que nos viene a la mente siguen siendo las líneas aéreas de tarifas bajas. El fenómeno nos parece reciente; cosa, a lo sumo, de la última década. Es verdad que la eclosión de las aerolíneas de este tipo no hubiera sido posible sin la previa eclosión de internet. Esta precondición, a su vez, no se hubiera materializado sin la rápida mejora y abaratamiento de las telecomunicaciones propiciada por el final de los monopolios estatales en los noventa. Y, obviamente, sin la liberalización de la industria aérea no habría rutas y aeropuertos en competencia a la búsqueda de compañías que quieran ir del punto A al B al mejor precio. Pero la realidad es que el fenómeno low cost es todo menos nuevo. Su precursor fue Henry Ford, cuando decidió llevar el automóvil a las masas en la primera década del siglo XX. Ford vio que existía ya una red de carreteras y caminos; que ya había una tecnología lo suficientemente probada; que EE UU tenía capacidad industrial instalada y sobre todo, los consumidores potenciales. El truco era llevar al mercado un producto fiable, que cumpliera las aspiraciones del público y costara poco. Concretamente menos de 1.000 dólares, diez veces menos que los automóviles de entonces. Su solución: la fabricación en cadena y la estandarización: "Disponible en cualquier color, siempre que sea negro". Ford vendió sus primeros modelos T a 890 dólares. Tres años después, costaban menos de la mitad y llegaron a fabricarse más de 15 millones. Nadie hoy en día repara en que cada vez que arranca su Renault, Ford, o Volkswagen está poniendo en marcha un producto heredero de aquel coche low cost. En una economía abierta, la categoría low cost es bastante más que un nicho de mercado. Es la consecuencia de la convergencia de tecnología, automatización, economías de escala, comercialización simplificada y otros muchos factores que, combinados, dan al consumidor la calidad o prestaciones necesarias a un precio ajustado. Su mayor problema es, a menudo, la connotación negativa del término. En un mercado maduro, un producto de precio bajo no debe comprometer los estándares de calidad y seguridad y a los poderes públicos corresponde extremar la vigilancia para que esta condición de cumpla. Igualmente, los sectores económicos en los que más han crecido las alternativas de tarifas bajas no debieran temerlas sino - como demuestran los hechos - acogerlas como un nuevo factor de dinamismo. Hace un par de años, en la industria hotelera española surgieron algunas voces de alarma temerosas de que las aerolíneas de precios bajo acabaran con los turistas de alto poder adquisitivo. La realidad ha demostrado lo contrario. La disponibilidad de vuelos baratos y abundantes ha dado origen a un nuevo tipo de turismo, el de los city breaks: viajes de dos a cuatro días en los que, gracias al ahorro en vuelos, aumenta el gasto en alojamientos de entre tres y cinco estrellas. Precisamente el perfil de visitante "de calidad" que España desea para escapar del modelo turístico de "sol y playa". Aunque sea anecdótico y poco profesional, permítaseme contar, por reciente, una pequeña historia personal. Mi mujer y yo acabamos de pasar cuatro días durante el fin de año en Roma, ciudad en la que "reincidimos" periódicamente. Dos pasajes de ida y vuelta en Vueling, costaron algo menos de 300 euros. Visto el precio de los billetes - menor al que esperábamos por la fechas - decidimos "estirarnos" en el hotel y pasar cuatro magníficas noches en un Relais et Châteaux urbano de cinco estrellas situado en una callejuela adyacente a Piazza Navona. Seguro que a los hoteleros de Roma no les importó nada que no viajara en Alitalia... |
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