Stonehenge, el misterio en la piedra. Inglaterra.Construido en la Edad de Bronce, el extraordinario complejo convoca todos los años a un sugestivo ritual.
La creciente claridad preludia el amanecer. Como sacado de una leyenda, un anciano druida levanta los brazos y aguarda el momento. Entonces, el sol aparece tras el horizonte, primero tímido, luego intenso. La luz, amarilla y oblicua, se filtra entre las piedras, sigue el curso señalado, hasta dividir en dos mitades perfectas el círculo formado por las enormes rocas. Es una mañana, el despuntar de un solsticio, en un tiempo disuelto en las brumas, en una historia que tal vez jamás existió. Prisionero de los misterios que rodean su origen, Stonehenge -en Inglaterra- es el monumento megalítico más importante y enigmático del mundo. Situado en el condado inglés de Wiltshire, a menos de quince kilómetros de Salisbury, este enorme complejo ceremonial construido en la Edad de Bronce con grandes bloques rectangulares de piedra ha despertado desde siempre la curiosidad de la ciencia, que aún hoy se pregunta por las razones que llevaron a construirlo. ¿Templo religioso? Algunos dicen sí, "es un templo religioso". Pero existen otras opiniones. Están los que sostienen que se trata de un panteón funerario y también quienes aseguran que, sin dudas, es un observatorio astronómico. Lo cierto es nadie puede probar una u otra teoría, nadie conoce con certeza la verdadera finalidad que tuvieron quienes levantaron este misterio, hace ya cinco mil años. Desde Salisbury es fácil llegar al sitio donde se emplaza el complejo. Partiendo desde la estación de la ciudad, un autobús de línea regular lleva directamente a los visitantes a las puertas mismas de Stonehenge, tras un corto viaje de diez kilómetros en dirección hacia el norte. Rodeado por un área celosamente protegida por las autoridades, el monumento megalítico aguarda a los visitantes en medio de una vasta planicie verde. Decididamente impactante, Stonehenge está construido por enormes bloques de piedra rectangulares que forman cuatro circunferencias concéntricas, la mayor de todas de unos treinta metros de diámetro. Desaparecidas ya muchas de las treinta enormes columnas que integraban en un comienzo la estructura, hoy el círculo más externo se integra apenas por siete grandes bloques de veinticinco toneladas cada uno, que se sabe fueron traídos de un sitio llamado Marlborough Down, distante algo más de treinta kilómetros del emplazamiento del conjunto. A su vez, en el interior de estos círculos concéntricos, el complejo ceremonial posee una estructura con forma de herradura, también pétrea y conocida comúnmente como El Altar. Más allá de la circunferencia exterior de columnas hay una enorme fosa circular que rodea totalmente al monumento. Y a su vez, dentro de esta demarcación labrada por la zanja y a corta distancia de la figura concéntrica de bloques, se pueden observar algo más de cincuenta hoyos, la mayoría de ellos marcados con cal. Estos hoyos, conocidos comúnmente como agujeros de Aubrey en honor a su descubridor, parecen ser túmulos de sepultura, ya que fue posible hallar en ellos señales de cremaciones. Hasta la actualidad, los arqueólogos han encontrado más de doscientos restos humanos previamente cremados, datados entre los años 3030 y 2340 antes de Cristo. Este bajo número de restos en tan prolongado período hizo pensar a los científicos en que las personas muertas allí eran especialmente escogidas, tal vez para algún tipo de sacrificio. Sin dudas, el espectáculo más conmovedor e inolvidable que ofrece Stonehenge ocurre cada 21 de junio, durante el solsticio de verano. Ese día, al amanecer, la primera luz del sol atraviesa en forma perfecta el eje de la construcción, dividiendo al complejo en dos mitades de sombras. Solsticios y druidas El fenómeno, que atrae a miles de personas cada año, deja en claro los conocimientos de astronomía que poseían quienes levantaron este santuario, hace cinco mil años. Es durante esos días, entre la multitud de turistas que invaden las piedras deseosos de ser partícipes del fenómeno, que se encuentran lugareños vestidos a la usanza de los viejos druidas. Disfrazados como los míticos sacerdotes celtas, pasean por las ruinas de Stonehenge con la idea de atraer los favores de la naturaleza, como se supone que hacían los druidas de la Edad de Bronce en sus brumosos rituales. Erigidos en postales simpáticas del lugar, su presencia alienta la fantasía de aquellos tiempos en los que Merlín era un mago de espléndidas leyendas. Entre el primer sol del solsticio y las memorias de conjuros que tal vez nunca existieron, Stonehenge y sus enormes bloques de piedra alimenta los misterios. Y el visitante agradece, inevitablemente fascinado. Fuente: Imagen:
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