Arequipa, ciudad blanca. Peru.Arquitectura colonial, gastronomía para valientes, una momia llamada Juanita y un pueblo orgulloso hasta de su cielo eternamente azul, entre otras razones para volver a Perú.
AREQUIPA.- "¿Usted nació aquí?", le pregunté, un poco para hacer conversación, al conductor del remise. "Gracias a Dios sí", fue la respuesta, sincera, y 100% arequipeña a la vez. Porque así son ellos, los characatos, orgullosos como pocos de su tierra, hasta tal punto que se han ganado fama de regionalistas y exagerados. Hasta pasaporte de la República Independiente de Arequipa tienen, aunque es un documento más en broma que otra cosa, que puede comprarse en cualquier tienda de suvenires (junto con la moneda local, que no es el sol, sino el characato de oro, o remeras con leyendas como ¿Yo peruano? ¡Arequipeño carajo! ). Pero basta con pasearse un par de horas por el centro histórico de esta ciudad señorial -Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2000- y admirar sus construcciones coloniales, con probar un chupe de camarones en una de las muchas picanterías, con detenerse en la Plaza de Armas a observar a las cholas con sus vestidos abultados y coloridos, escuchar los músicos callejeros o maravillarse ante aquellos mecanógrafos sentados en un banquito junto a sus añosas máquinas de escribir -listos para redactar documentos comerciales a cambio de un puñado de soles- para enamorarse, en fin, de Arequipa. Es cierto que, siendo la segunda ciudad de Perú (tiene poco más de un millón de habitantes), hay que armarse un poco de paciencia para cruzar las calles, y que las horas punta pueden ser un verdadero caos de autos, taxis y mototaxis. Pero nada en comparación con los atascos infernales de Lima. Ni siquiera llegan hasta aquí las hordas de turistas, mochileros o vendedores ambulantes que desbordan Cuzco y Machu Picchu. Arequipa, más bien, aún conserva los aires de pueblo y el color local de sus tradiciones. Como los desfiles de escuelas y bandas los domingos, o las peleas de toros que suelen disputarse los fines de semana o en fechas especiales (la más importante es el 15 de agosto, aniversario de la fundación de Arequipa y día en que se celebran las verdaderas fiestas; las de la independencia pasan desapercibidas en comparación). Los arequipeños siguen con pasión estas peleas, en las que además apuestan fuertes sumas de dinero. A diferencia de las corridas españolas, aquí no se sacrifica ningún toro -impresionantes bestias con nombres como Negro Asesino, Van Dam, Agente 506, Amor Prohibido o Pelusa-, sino que el perdedor simplemente termina huyendo de su adversario. Los mil y un apodos También se conoce a Arequipa como la Ciudad del Eterno Cielo Azul, porque el sol brilla todo el año y el cielo, de tan celeste, realza con claridad los majestuosos volcanes que flanquean la ciudad: el Misti, el Pichu Pichu y el Chachani. La contraparte de semejante maravilla climática es que Arequipa, que a todo esto está a 2400 metros de altura, tiene una de las radiaciones solares más altas del mundo. Así que lo aconsejable es usar gorro y mucho protector, si no quiere que la cara se le caiga a pedazos. Tierra de Líderes es otro de sus apelativos, de tanto personaje ilustre que ha nacido en estos pagos: varios ex presidentes de Perú (como Luis Bustamante y Rivero o Fernando Belaúnde Terry), un secretario general de la ONU, el escritor Mario Vargas Llosa o el creador del motor a reacción. También, algunos mucho menos ilustres, pero no por eso menos famosos, como el oscuro Vladimiro Montesinos o el líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. Pero entre la larga lista de apodos de Arequipa, tal vez el más popular sea el de Ciudad Blanca. Esto se debe al color claro de sus antiguas iglesias y casonas, obtenido por una piedra volcánica blanca, el sillar, muy utilizada en las construcciones desde el siglo XVII. Aunque también existe otra versión que apunta a la composición étnica de sus habitantes, en su mayoría conquistadores que establecieron aquí su feudo. Arequipa, de hecho, es más una ciudad colonial y española que una indígena (además de la arquitectura, los recién llegados plantaron olivares y palmeras que les hacían recordar a su España natal). El poder que llegó a tener aquí la Iglesia Católica es otra muestra de la influencia española, evidente en las numerosas iglesias y conventos que pueblan la ciudad. Entre los más visitados se cuentan los conventos de Santa Teresa y Santa Catalina, las iglesias de San Francisco y de la Compañía de Jesús, y la catedral, que ocupa todo un lateral de la Plaza de Armas ("La única en el país", destacan los arequipeños), y cuyas dos torres fueron reconstruidas luego de venirse abajo en el último terremoto, en 2001 (dicen que en Arequipa hay entre seis y ocho temblores diarios, imperceptibles en la mayor parte de los casos). Aunque los turistas que visitan esta ciudad sureña, que dejó de ser lugar de paso -generalmente en camino hacia Cuzco- para convertirse en destino en sí, también se toman unos días para recorrer los alrededores, desde los cercanos pueblitos de la campiña (Quequeña o Sogay, con sus casitas de adobe y terrazas de cultivo preincaicas, bien valen una mañana) hasta Toro Muerto, el mayor yacimiento de arte rupestre de América. El ascenso al Misti, cuya cumbre está a 5800 metros, está reservado para escaladores, aunque últimamente también se ha puesto de moda celebrar bodas en su cima. El valle de Colca, sin embargo, es el paseo por excelencia de los turistas, un escenario agreste encajonado entre las cumbres nevadas de los Andes, a 3600 metros. Hay que soportar los rigores de altura para apreciar la belleza silenciosa de uno de los cañones más profundos del mundo, que en realidad es una falla geológica abierta por un terremoto. Entre el vuelo rasante de los cóndores y las manadas de vicuñas se desparraman 14 poblados que disponen de luz y agua corriente desde hace muy poco, y que mantienen intactas sus costumbres ancestrales. Los hombres y las mujeres chamanes que leen las hojas de coca, y que hoy consultan con afán los turistas, existen desde hace siglos. Cuentan que es necesario sobrevivir a la descarga de un rayo para obtener poderes sobrenaturales o chamánicos, y convertirse así en una persona sumamente virtuosa. Casi casi como cualquier arequipeño. Fuente: Imagen:
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