Colores y tradiciones de Cuenca. Ecuador.La bella arquitectura colonial y los mercados. Rincones mágicos, aguas termales y la historia prehispánica.
Hacia fines del del siglo XIX, la Casa de Chaguarchimbana era una de las más elegantes mansiones de toda la región. La lujosa casa quinta que perteneció a doña Florencia Astudillo aún exhibe, orgullosa, sus amplios corredores, su mirador y su fachada decorada con murales. Con todo, es uno de los numerosos tesoros arquitectónicos que ostenta el centro histórico de Cuenca, Ecuador. Quienes gustan de las odiosas comparaciones suelen llamarla, exagerando, “la Atenas del Ecuador”. Apreciaciones al margen, de lo que no hay dudas es de que se trata de una de las ciudades más bellas e interesantes del país, con atractivos naturales y culturales y un melancólico aire colonial que le dan sus catedrales –la Nueva y la Vieja– sus antiguos edificios y sus callejuelas empedradas. Tradiciones vivas En el centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se escribió la larga historia de Cuenca, que comienza mucho antes de la llegada de los españoles, porque en otros tiempos aquí estuvo la ciudad inca –incásica, dicen aquí– de Tomebamba, donde nació Huayna Cápac, el más célebre de los señores del Tahuantinsuyo, hijo del emperador Tupac Yupanqui. Y, antes aún, hubo un antiguo asentamiento de la etnia cañari, el de Guapdondélic. Esta herencia cultural mezcla de colonia y pueblos prehispánicos moldea una armónica convivencia entre bellas arquitecturas españolas y populosos mercados andinos, coloridos como pocos y bautizados con fechas históricas: 10 de Agosto, 9 de Octubre o 3 de Noviembre –el principal del centro– donde se encuentran comidas típicas y artesanías. Todo un sello de estos mercados son sus frutas, vistosas, frescas y coloridas, cuyo jugo no puede faltar en todo buen desayuno cuencano. Puede ser de guanabana o de naranjilla, de mora o de tomate de árbol; lo cierto es que será sabrosísimo. Y si de tradiciones se trata, hay talleres de alfafería como el de José Encalada, uno de los más antiguos de la región; el propio José trabaja el moldeado de barros desde los 14 años, y continúa haciéndolo con maestría. Otra herencia es la del cacao, cuyo delicioso aroma impregna el alma al atravesar las puertas de la tradicional fábrica de chocolates Fátima, donde aún se utilizan antiguas maquinarias de madera. La escarpada geografía andina en la que se enclava la ciudad permite realizar múltiples actividades en la naturaleza en destinos muy cercanos; canopy, escalada, cabalgatas, puenting o parapente. Uno de los mejores escenarios para el contacto con la naturaleza es el Parque Nacional Cajas, a 35 km de la ciudad. Formado principalmente por grandes elevaciones que guardan en su interior más de 230 lagunas, el parque es un tesoro biofísico y cultural, ya que alberga también sitios arqueológicos con ruinas preincaicas y vestigios de más de 2.000 años.
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