Una semana en auto por Irlanda.Desde Dublín, un recorrido por el sur y el oeste del país, con escalas estratégicas en Kilkenny, Cork, Galgay y Cong.
DUBLIN ( El Mercurio , de Santiago).- Hace dos horas que oscureció y llegar al bed & breakfast de Kilkenny, una ciudad pequeña al sudoeste de Dublín, se está transformando en una pesadilla. Bajo la oscuridad de la noche, manejar por la izquierda -al estilo inglés- es aún más difícil, y peor todavía, no encontramos la dirección del lugar donde debemos llegar a dormir. Decidimos estacionarnos. En una calle cualquiera de Kilkenny comprobamos que los irlandeses son la clase de personas con las que te gustaría encontrarte cada vez que estés en apuros. Un auto que viene en dirección contraria se estaciona a un par de metros, un hombre camina hacia nosotros, nos hace señas para que bajemos el vidrio y nos pregunta si estamos perdidos, dónde vamos, qué puede hacer para ayudarnos. Tenemos suerte. El pueblo es chico y él sabe perfectamente dónde queda Mena House. Con una sonrisa dice: "Sólo hay que avanzar tres cuadras". Antes de venir, un par de personas me contaron que los irlandeses eran especialmente amables, pero bajarse del auto para darnos una asistencia que ni siquiera habíamos pedido, eso no lo había escuchado nunca. La simpatía de los irlandeses, sus pubs, la cerveza y ser un destino poco tradicional dentro de Europa motivaron a organizar este viaje. El recorrido acordado fue por el sur de la isla, comenzando por Dublín, siguiendo en Kilkenny para llegar luego a Cork, la segunda ciudad más grande del país. Después, la idea es remontar hacia Galway, dormir una noche en Cong y desde ahí regresar a Dublín. Siete días en total. En la capital, durante las primeras 48 horas cumplimos con el itinerario de rigor para un primerizo en la ciudad: el barrio de Temple Bar; la destilería Jameson; el Trinity College; la catedral de Saint Patrick; la fábrica de cerveza Guinness y un plácido paseo por la orilla del Liffey, el tranquilo río que atraviesa Dublín. Mucho que hacer para dos días. Por eso salimos tan tarde rumbo a Kilkenny, donde ya de noche nos encontramos con el chofer del comienzo de esta historia. Después de dejar las maletas en el B&B, la única preocupación es dónde ir a comer. Son las 22.30 y la mayoría de los pubs sirve comida hasta las 20. Los restaurantes tampoco atienden hasta tarde y, según la dueña del alojamiento, sólo hay tres lugares donde puede que aún nos reciban. "Pero tienen que apurarse." Y llegamos, por supuesto, gracias a dos irlandesas jóvenes que se ofrecen a guiarnos por calles laberínticas hasta Royal Spice, sabroso restó de comida de la India, como tantos que abundan en Irlanda. Viaje a la Edad Media Con este paisaje no cuesta imaginarse cómo era la vida durante la Edad Media, cuando esta ciudad era conocida como la capital no oficial de Irlanda y contaba con su propio Parlamento anglo-normando. En el siglo XIV acá incluso se creó un estatuto que prohibía que los ingleses se casaran con nativos, participaran en sus deportes o tocaran música irlandesa. Claro que nada de eso funcionó y hoy las arpas, los tambores y las melodías con influencia celta se escuchan al pasar por fuera de las tiendas. Después caminamos hasta la abadía Negra, fundada en 1225 por los monjes dominicos. El lugar funcionó como centro religioso hasta que 300 años más tarde el rey Enrique VIII ordenó el cierre de todos los monasterios. Un poco más allá llegamos a la gótica Saint Canices, la segunda catedral medieval más grande de Irlanda, después de Saint Patrick, en Dublín. Todo está a cinco minutos a pie en Kilkenny, y aunque quedan algunos lugares por recorrer resulta más tentador sentarse en un restaurante en la ribera del río, tomar un té, comer un scon y mirar el castillo reflejado en el agua. Son más de 150 kilómetros hasta Cork, pero antes visitamos Kells, pueblo olvidado a sólo 15 minutos de Kilkenny que tiene uno de los monasterios más impresionantes y románticos de Irlanda. Alrededor de las ruinas del siglo XII, decenas de ovejas pastan junto a sus crías. Las suaves colinas dejan ver algunas casas a lo lejos y no hay nadie a varios kilómetros a la redonda. Los alrededores de Kells son igual de tranquilos y como me toca conducir trato de hacerlo despacio para disfrutar del paisaje: colinas verdes, torreones antiguos, rebaños, casas y puentes de piedra. Al arribar a Cork ya es de noche, pero alcanzamos a llegar sin problemas a la casa del señor y la señora Higgins, los dueños de nuestro B&B en Cork. Tanto como de bares, Irlanda está repleta de bed & breakfast. Según recomiendan, siempre hay que preferir los reconocidos por la agencia de turismo, y mejor aún si se puede visitar su Web, ver algunas fotos y su ubicación. Como dato extra, si afuera tiene el dibujo de un trébol, entonces allí se habla gaélico irlandés, idioma que fue la lengua principal antes de la invasión de los ingleses en 1169 y que hoy es, junto al inglés, idioma oficial. En la isla, más de 20.000 personas lo utilizan con regularidad, sobre todo en las zonas rurales. El desayuno irlandés tradicional me hace entender por qué acá la mayoría de las mujeres tiene kilos de más: dos huevos fritos, tocino, salchichas, tomates asados y pan. "Para combatir el frío", asegura nuestra anfitriona. Suenan las campanas Arriba del campanario se pueden tirar las cuerdas y tocar, siguiendo las instrucciones, desde Don´t cry for me Argentina hasta Jingle Bells. Los vecinos que soportan la música todo el día deben odiar a los turistas. La segunda parada obligada en Cork es el mercado inglés, donde venden pan recién horneado, cecinas, quesos de todas las variedades, verduras y frutas orgánicas, y donde nos abastecemos para nuestro viaje del día siguiente. Después de eso, además de recorrer iglesias, el Museo de la Mantequilla -en honor a una de las principales exportaciones de esta ciudad en el siglo XVIII- o las tiendas de suvenir con imágenes de los famosos duendes Leprechauns en gorros, tazones, camisetas y formatos imaginables no hay mucho que hacer, sobre todo para quienes prefieren la quietud de los pueblos a la vida agitada de las ciudades. Lo mejor es caminar sin rumbo, encontrar un bar repleto de parroquianos y pedir una cerveza Beamish o Murphy´s, made in Cork. Y luego, acostarse temprano: por la mañana partiremos a Galway, la ciudad universitaria de la costa oeste. Si uno se imagina un castillo, seguro tiene en la cabeza la imagen del de Cahir, al sudeste de Galway. Es el ícono que uno construye en la arena de la playa y sólo falta una princesa peinándose en la torre para que la postal esté completa. La construcción de piedra cumple con todos los requisitos: torreones, angostas escaleras caracol; incluso están las murallas que protegían de los ataques. Y lo mejor es que se puede recorrer entero, y desde la cúspide tener una vista de las casas azules, amarillas y rosadas de Cahir. Hacia el Norte está Rock of Cashel, otro conjunto de edificios medievales. Según cuenta una leyenda, al saber que San Patricio quería construir una iglesia en este lugar, el diablo montó en cólera y tiró una gran roca, de allí su nombre: Roca de Cashel. La imagen de la fortificación, que fue hogar de reyes, se repite en todas las postales de Irlanda. Por un camino serpenteante, la llegada es asombrosa. Enclavado en la punta de una ladera asoma el castillo. Pero no todo es perfecto y al acercarnos, nos damos cuenta de que una parte está en reparación. Algo decepcionados, buscamos un buen sitio para hacer picnic. No es difícil: a los pies de la construcción hay una pradera con árboles y se respira un olor fresco a hierba. Nos instalamos allí para disfrutar de nuestras compras de ayer: queso roquefort, el tradicional pan integral de soda, fruta seca y vino. Rumbo a Galway y tal como ocurre en la mayoría del país, los carteles de la autopista están en gaélico e inglés. En cambio, en Dingle y Connemara, cerca de donde vamos ahora, a veces sólo están en irlandés y por eso ayuda llevar un buen mapa. También en irlandés, el letrero peatonal al comienzo de la St. High Street anuncia una de las calles más transitadas de Galway debido a su veintena de bares con música tradicional irlandesa o pop. Hay para todos los ánimos y estilos, y aunque es domingo, los locales están llenos. Entramos a The Front Door, un pub de madera con pequeños y acogedores salones donde suena U2. El clásico fish and chips es lo más pedido, pero nos decidimos por la opción de carne cocida en cerveza Guinness. La parada final es Cong, un tranquilo caserío detenido en el tiempo, de sólo 150 habitantes. En sus afueras se encuentra el castillo Ashford, alguna vez propiedad de la familia Guinness y que hoy es un lujoso hotel. Al día siguiente iniciamos el regreso a Dublín. Me prometo no olvidar ningún detalle, mientras las colinas verdes y los viejos castillos asoman, plácidos e inmutables, por mi ventana. Fuente:
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